Esperemos que se lo tome al pie de la letra y se siente al festín…
Ya sabéis: el cava y el tiramisú corren de mi cuenta, que no se diga, que madre no hay más que una (afortunadamente)
Quérote, nai, infinidade!
Esa es Valentina. Tres semanas con la pata chula. Se escurrió de mi mano una mañana y salió volando por el salón. Tras un paseo aéreo por plantas y cuadros, aterrizó en el respaldo del trono de Napoleón, a medio palmo de su trufa siempre brillante. Acércate, gordito, acércate. Fracciones de segundo, cruce de cables reflejado en las incipientes cataratas del abuelo y como en las pelis de dibujos animados, con un rápido movimiento se abrió la boca del lobo y se cerró. Sólo se veía la punta de la cola, apenas una pluma asomaba del hocico. Un grito huracanado salió de mi boca: ¡No, Napoleón, suéltala! Y Valentina salió escupida y viva para sorpresa de todos.
El suceso dejó a Napoleón sumido en el desconcierto: el sueño de su vida se había hecho realidad, por fin había tenido a un emplumado entre sus dientes. Aún hoy, la mira en la jaula y no comprende qué pasó. Valentina, en cambio, farda de su aventura desde su columpio…
Acércate, gordito, acércate